Frustración en los niños: aprender a manejar las emociones también se educa
Recientemente tuve la oportunidad de participar en RPP, en el programa Encendidos con Carlos Galdós, para conversar sobre una experiencia que todos los niños enfrentarán, tarde o temprano, a lo largo de su desarrollo: la frustración.

Bajo la pregunta “¿Cómo ayudar a nuestros hijos a manejar sus emociones desde pequeños?”, conversamos sobre el rol que tenemos los adultos frente a esos momentos en los que un niño pierde, se equivoca, recibe un “no”, algo no sale como esperaba o simplemente descubre que no todo puede ocurrir inmediatamente como desea.
La entrevista fue emitida el 3 de agosto de 2026 y RPP destacó una idea central: la frustración forma parte del crecimiento, pero aprender a manejarla desde la infancia puede marcar una diferencia importante en el desarrollo emocional.
La frustración no es el enemigo
Como padres, nuestro impulso natural muchas veces es evitar que nuestros hijos sufran, se equivoquen o pasen un mal momento.
Pero acompañar no significa eliminar cada dificultad de su camino.
Frustrarse también forma parte de aprender.
Cuando un niño intenta algo y no lo consigue inmediatamente, cuando debe esperar, cuando pierde un juego o cuando tiene que volver a intentarlo, aparecen oportunidades para desarrollar habilidades que necesitará durante toda su vida.
UNICEF señala precisamente que encontrarse con cierto grado de frustración es parte del desarrollo saludable y que la tarea del adulto no consiste en impedir que el niño la experimente, sino en ayudarlo a atravesarla de manera progresiva y saludable.
No nacemos sabiendo regular nuestras emociones
Este fue uno de los puntos importantes de la conversación.
A veces esperamos que un niño pequeño responda ante una frustración como respondería un adulto: que se calme rápidamente, que piense antes de actuar o que comprenda inmediatamente por qué algo no puede ocurrir.
Pero la autorregulación se desarrolla.
Las funciones ejecutivas que nos permiten controlar impulsos, mantener la atención, adaptarnos cuando algo cambia y gestionar la frustración maduran progresivamente desde la infancia y continúan desarrollándose durante muchos años. Las experiencias y las interacciones con los adultos forman parte de ese aprendizaje.
Por eso, detrás de muchas reacciones que los adultos llamamos rápidamente “berrinche”, “pataleta” o incluso “mal comportamiento”, puede existir algo mucho más sencillo:
un cerebro que todavía está aprendiendo qué hacer con una emoción que le resulta demasiado intensa.
Acompañar no significa resolver por ellos
Aquí aparece uno de los grandes desafíos de la crianza actual.
Si cada vez que nuestro hijo encuentra una dificultad nosotros la resolvemos inmediatamente por él, podemos quitarle justamente la posibilidad de desarrollar los recursos que necesitará para enfrentar nuevas dificultades.
El objetivo tampoco es dejarlo solo frente a una emoción que todavía no sabe manejar.
Existe una diferencia enorme entre sobreproteger y acompañar.
Acompañar significa estar presentes, ayudar a poner nombre a lo que siente, ofrecer seguridad y, progresivamente, permitir que sea el propio niño quien encuentre estrategias para responder.
En otras palabras:
no necesitamos criar niños que nunca se frustren; necesitamos ayudarlos a convertirse en personas capaces de afrontar la frustración.
Validar una emoción no significa aceptar cualquier conducta
Este punto es especialmente importante.
Decirle a un niño:
“Entiendo que estés molesto porque querías seguir jugando”
no significa necesariamente cambiar el límite y permitirle continuar.
Podemos reconocer lo que siente y, al mismo tiempo, mantener una norma.
Emoción y conducta no son lo mismo.
Todas las emociones pueden ser reconocidas y acompañadas, pero eso no significa que todas las formas de expresarlas sean adecuadas.
El adulto puede convertirse entonces en un modelo: mostrar que es posible sentir enojo, tristeza o frustración sin que esas emociones tengan que controlar nuestra conducta. UNICEF también destaca el papel de los adultos como modelos de autocontrol durante este proceso.
Perder también puede ser una experiencia educativa
Incluso algo tan cotidiano como perder un juego puede convertirse en una oportunidad extraordinaria.
No tenemos que dejar ganar siempre al niño.
Perder, esperar un turno, volver a empezar o aceptar que alguien lo hizo mejor también permite practicar tolerancia a la frustración, flexibilidad, autocontrol y perseverancia.
La pregunta no debería ser únicamente:
“¿Cómo evito que mi hijo se frustre?”
Quizá deberíamos empezar a preguntarnos:
“¿Qué herramientas estoy ayudándolo a construir para cuando inevitablemente se frustre?”
Porque la vida tendrá suficientes momentos en los que las cosas no ocurrirán como esperamos.
Prepararlos para esas situaciones también es educar.
Los adultos también educamos con nuestra propia regulación
Hay otro elemento que no podemos olvidar: nuestros hijos también aprenden observándonos.
Podemos hablarles durante horas acerca del autocontrol, pero si cada vez que algo sale mal gritamos, perdemos la paciencia o reaccionamos impulsivamente, ese comportamiento también se convierte en aprendizaje.
La regulación emocional no se enseña solamente con explicaciones.
Se enseña en la vida cotidiana.
En cómo respondemos al tráfico.
En cómo reaccionamos cuando perdemos.
En cómo hablamos cuando estamos molestos.
En cómo solucionamos un problema.
En cómo aceptamos nuestros propios errores.
Por eso, educar emocionalmente a nuestros hijos también nos obliga muchas veces a revisar cómo estamos gestionando nuestras propias emociones.
Prepararlos para la vida, no despejarles todo el camino
La conversación en Encendidos nos permitió colocar sobre la mesa una idea que considero fundamental desde la neuroeducación:
la meta de la crianza no debería ser construir un mundo sin frustraciones para nuestros hijos, sino ayudarlos a desarrollar progresivamente las herramientas necesarias para desenvolverse en un mundo que inevitablemente las tendrá.
Las funciones ejecutivas y la autorregulación constituyen soportes importantes para el aprendizaje y el desarrollo, y se fortalecen progresivamente mediante experiencias, práctica e interacciones significativas.
Cada pequeña frustración cotidiana, acompañada adecuadamente, puede convertirse entonces en una oportunidad para aprender.
Porque educar también es enseñar a esperar.
A equivocarse.
A perder.
A volver a intentarlo.
Y a descubrir que algo no haya salido bien no significa que ya no podamos volver a empezar.
Agradezco a RPP y a Carlos Galdós por abrir este espacio de conversación sobre crianza, emociones, cerebro y desarrollo infantil.
Mira la entrevista completa
La entrevista completa está disponible en el canal de RPP Noticias en YouTube.
Ver entrevista completa en YouTube: https://www.youtube.com/watch?v=XWotxKS3p80